La langosta es un ciego que viene del abismo. Como ocurre con las palabras, que también vienen de otro mundo, la langosta ha visto cosas que nadie creería. Ha recorrido las profundidades donde se ensamblan los átomos de oscuridad, donde surge por generación espontánea un alga que asciende por los andamios de tinieblas y se asoma a la superficie. Ha visto brotar de la nada corales y peces plateados, en grutas donde la luz, el color, la herencia, la fotosíntesis y el instinto son imposibles.
Tras observar atónita todo eso, la langosta, el viajero, quedó cegada por la violencia oxigenada del día. Sus ojos pendulares, acribillados por alfileres de fotones, no muestran ahora más que recuerdos. Paisajes lunares del fondo del mar, deformación de las rocas, monstruosidad de un mundo sin espejos. Galeones hundidos donde se entretuvo abotonando la casaca de un almirante, el zumbido fluorescente del uranio iluminando la salida de emergencia de un submarino ruso. Nostalgia y pesadilla. Eso ve en sus ojos. Eso siente ella moviendo en el vacío sus horrendas patas, ciega como Tiresias, a quien Juno quitó la vista por hablar más de la cuenta.
La langosta, como las palabras, es un superviviente del abismo. También lo son el náufrago que desembarca en una playa de bañistas tras varios meses aferrado a un madero y el hispano que cruza la frontera (el desierto) e intenta explicar a un grupo de gringos lo que hay al otro lado. Nietzsche ya advirtió del riesgo. Dijo que quien se asoma al abismo debe saber que el abismo también se asoma a él.
No se merece la langosta tan mala pata. Ella llegó al abismo por casualidad. Caribdis, hija de Poseidón, con domicilio en el estrecho de Mesina, traga tres veces al día agua del mar, con marineros, barcos, latas de coca-cola y nadadores incluidos, y luego los expulsa con una arcada. Dicen que el grupo de Ulises se las vio con ella y logró escapar. Pero la langosta no tuvo tanta suerte y ahora mueve las patas y las antenas intentando asirse a la realidad, expresando con aspavientos lo que ha visto allí abajo.
También las palabras intentan contar lo que han visto, pero cuando llegan a la superficie pierden su fuerza. Tienen un color distinto a como se las había pensado. La expresión se parece a lo que queríamos decir, pero no es más que una versión empobrecida. En el abismo vivimos los seres humanos intentando comunicarnos con palabras ciegas, intentando traer las creaciones de un mundo misterioso. Las palabras, defectuosas, son la prueba de otro mundo, el legado del abismo. Las palabras tocaron un día el lecho marino, donde la vida surge sin causa ni efecto, por generación espontánea.
Editorial nº5 Generación Espontánea_revista literaria
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