Arrojada a la hoguera de los tiempos la teoría de la generación espontánea, según la cual la vida surge sin más de la materia inerte, se hizo entender que todo organismo procede de un organismo anterior. Por estos pasadizos, llegaron a decir que las ideas también se comportan como los organismos y, de esta manera, se suceden unas a otras, evolucionan hacia formas más perfectas, se reproducen con la complaciente mitosis de células acostumbradas a la repetición y se devoran entre sí en un festín inacabable. En este devenir de ideas vieron la causa noble y limpia que engrandece la cultura. Sin embargo, la descomposición de antiguos pensamientos y el alumbramiento de otros nuevos genera irremediablemente mal olor, hasta el punto de que la cultura acabó convertida en un nauseabundo vertedero de ideas podridas. Dolidos estamos de la evolución, del ADN, de la selección natural, de la lucha por la vida, de herencias de bolsillo. Otros pensamientos nos llaman desde la nada, desde los áridos vacíos de una piedra, desde los sinlugares espontáneos. Otros microscópicos pensamientos se infiltran e incendian las moderadas fiebres de los biólogos de la cultura, se agolpan en un devenir caótico sin respetar los turnos de la evolución. Tienen embriaguez de oxígeno, escozor de aguarrás, dolor de muelas. Hagamos nacer nuestras nadas de las nadas más espontáneas; del aire, el fuego, el agua y la tierra, que no son sino la variante meteorológica del vértigo, la fiebre, la angustia y la muerte. Aspiremos en nuestro bacteriológico deambular a recorrer el campo de lo posible. Celebremos el absurdo y lo pitagórico, lo natural y lo extravagante, la tragedia de lo cotidiano y la cotidianeidad de la tragedia. Exploremos los límites conscientes de haber nacido por generación espontánea sin padre ni madre que nos ampare y de morir en los revisteros por generación espontánea. Vivamos nuestra corta vida bacteriana como apátridas en esta tierra de biólogos de la cultura sin caer en el plancton de sus cultivos. Cómo, si no por generación esponténea, pudo Gregorio Samsa convertirse en insecto. ¿Acaso se insinúa que fue obra de microorganismos? ¿Quién puede dudar de que la vida no sea capaz de aparecer súbitamente en una gota de agua sucia? ¿No nacen las lombrices del lodo, los gusanos de la manzana y los topos de la basura? ¿No brotan con un escozor los dientes de la boca de las palomas de ciudad? A saber: moriremos cuando muramos encharcados en los antibióticos de lo establecido, mas sepan que nacimos por generación espontánea y que después de nosotros se producirá, una tras otra, una nueva generación espontánea.
Editorial nº0 Generación Espontánea_revista literaria
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